Se necesitarían por lo menos dos dibujos para indicar las partes más importantes del gallo. En uno solo, como el que mostramos aquí, entresacado de la obra Poultry Colour Guide, del doctor J. Batty y Charles Francis, hay ciertas omisiones inevitables y no atribuibles a ignorancia o negligencia, sino a la dificultad y a veces imposibilidad del señalamiento. Me sorprende, empero, que se indiquen los caireles de la silla, pero no la silla, o sea la parte posterior del dorso, adyacente a la cola; y era muy fácil indicarla.

No me sorprende, en cambio, que no se hayan señalado la capa o manto ni los hombros, porque en el dibujo no se ven. Tampoco el plumón es mostrable, por hallarse debajo del plumaje exterior. Por otro lado, hay partes mostrables pero no importantes; verbigracia, el borde frontal del ala a la altura del dorso (frente del ala) y la extremidad de las primarias (punta del ala). He prescindido de algunos términos que ya no tienen vigencia o que la tienen muy reducida; por ejemplo, esclavina y muceta, vocablos con que antes se designaba la golilla. Antes se decía también llorón para referirse a los caireles de la silla, esto es, al conjunto de ellos, o más precisamente, al conjunto de lloronas o lancetas.

Otro término que ha caído en desuso es plastrón, término de origen francés designativo del plumaje que cubre la región comprendida entre el buche, la punta de los hombros y que termina a mitad del esternón. Estas voces y otras más, como rémiges, tectrices y rectrices, eran usuales en la época de don Carlos Voitellier y don Salvador Castelló Carreras, grandes y cultísimos avicultores de antaño.

He prescindido, naturalmente, de la terminología local, regional y folclórica, cuya riqueza no discuto, pero cuya inclusión habría embarullado el asunto. Piénsese, tan sólo, en los sinónimos de espolón: espuela, estaca, cacho; y a éstos habría que agregar garrón, que entre nosotros nadie dice, pero que consta en el Diccionario de la Academia.

Piénsese, además, que la diversidad terminológica puede ser manifiestamente errónea, como por ejemplo llamar tarso, como hace el Standard Argentino de Perfección Avícola, equivocándose de medio a medio, a lo que técnicamente debe llamarse articulación tibiotarsiana; o llamarla calcáneo, codo, corvejón, jarrete, nudillo o talón; expresiones completamente equivocadas y que deben reemplazarse, repito, por la expresión articulación tibiotarsiana.

Ahora bien: la expresión de que se trata, si bien correcta, es en realidad una concesión al uso de muchos avicultores, uso que ha sancionado la Academia en su Diccionario, puesto que la segunda acepción de tarso reza así: “La parte más delgada de las patas de las aves que une los dedos con la tibia y ordinariamente no tiene plumas.” Pero las aves, estrictamente hablando, no tienen tarso, o sea el conjunto de huesos cortos situados entre los huesos de la pierna y el metatarso. El número de esos huesos cortos es variable: siete en el talón del hombre y seis en el corvejón del caballo.

Y si las aves no tienen tarso, entonces tampoco pueden tener metatarso, porque el metatarso es, como lo indica el prefijo meta-, lo que está más allá o después del tarso, vale decir, lo que está más allá o después de algo que las aves no tienen. Hablar, pues, de “articulación tibio-metatarsiana”, como hace Colusi en su artículo “Reovirosis aviar y su profilaxis”, tampoco es admisible. (Cf. Ovonoticias & Alimentaria, 1987, 11: 109, 49.) Inadmisible es también que el adjetivo tarsiano, según propuso el maestro Voitellier, debiera entenderse como aféresis de metatarsiano. (Cf. Voitellier, Avicultura, 66.) Ángel Bianchi Lischetti quiso indudablemente cortar por lo sano y no enfrascarse en este intríngulis terminológico, y se expresó como sigue en su Curso de Zoología: “El tarso y el metatarso están substituidos por un hueso, el cañón, que lleva un hueso accesorio y da inserción a los dedos, que por lo común son cuatro, de los que uno se llama dedo posterior. ”

El problema es que cañón tiene en avicultura dos acepciones muy precisas: la primera, parte córnea de la pluma del ave; y la segunda, pluma del ave cuando empieza a nacer.

A estas alturas, pretender que cañón signifique también lo que por costumbre y sanción académica llamamos tarso es, si no imposible, dificilísimo.

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