En el último tomo de los dieciséis que componen la monumental Historia de la República del Perú, del doctor Jorge Basadre, hay todo un capítulo sobre la música en el Perú, pero muy escasas páginas, apenas seis, sobre nuestra música criolla. Yo mencioné esta escasez y la comenté al presentar, en enero del 2001, en la Municipalidad de Lima, el Libro de Oro del Vals Peruano, cuya autoría comparten Raúl Castrillón y Eleazar Valverde. Bien, pero volvamos a lo de las seis páginas.

Esperaríamos hallar otras tantas en relación con la gallística nacional, en el capítulo que Basadre dedica a los espectáculos. Esperanza infundada: Basadre no dedica ni una sola línea a nuestra gallística. En cambio, dedica muchas a las corridas de toros, a las carreras de caballos, al teatro y a otros espectáculos. Basadre no estaba informado acerca de la gallística, en general, ni tampoco, particularmente, acerca de nuestra propia gallística.

En consecuencia, prefirió callar. Al fin y al cabo, mejor es callar que hablar sin fundamento, aunque no por eso deja de sorprender que un historiador tan ilustre no haya tenido el interés y la diligencia de consultar algunos trabajos que le hubiesen permitido componer un capitulillo gallístico substancioso y noticiante. Y aludo a trabajos que no son de difícil busca ni mucho menos inubicables. Por ejemplo, los de Ricardo Palma, Carlos Prince, Ismael Portal, José Gálvez y Jorge Donayre Belaúnde. Además, aunque esto ya es más difícil, pero en realidad no lo hubiese sido para el doctor Basadre, que conocía perfectamente la colección del Mercurio Peruano, en el número del 20 de enero de 1791 hay un artículo muy interesante titulado “Historia y descripción de nuestro Coliseo de Gallos”.

En resumen, si esta omisión se echa de ver en una obra tan extensa y estimable como la de Jorge Basadre, en otras obras históricas de menor categoría es obvio que también comprobaremos parejas omisiones. Lo cual nos enfrenta derechamente a una realidad incontrovertible, a saber: la escasez bibliográfica en materia gallística, sobre todo en español, y especialmente en el Perú.

Dice Palma que cincuenta años después de la fundación de Lima, o sea en 1585, ya se celebraban en la capital peleas de gallos. Tenemos, pues, más de cuatrocientos años de historia gallística, pero hay una patente incorrespondencia entre una historia tan larga y una producción bibliográfica tan corta. Cortedad que se puede explicar diciendo que la gallística, salvo algunas excepciones, no se ha considerado ni se considera arte ni ciencia, sino diversión y espectáculo, juego y jolgorio. Natural secuela de una palmaria ignorancia. La vivenciación y participación rigen tanto en el espectáculo gallístico, que han terminado por anular, prácticamente, la necesidad de estudiar la gallística.

Quien sólo quiera jugar gallos y quiera únicamente eso, no tiene ninguna necesidad de leer a Atkinson ni a Finsterbusch. Ni siquiera sabe quiénes son; pero aunque lo supiera, ¿qué le aprovecharía leer a esos autores, que podrían enseñarle? ¡Nada! ¿Nada? ¡Claro, nada, si él ya lo sabe todo! En el Perú y en otras partes reina soberana una pretensión nefasta: la pretensión de saber. Abundan, entre nosotros, los sabios y sabihondos de la gallística. Hablar con ellos es fatigante y apenas son tolerables un par de minutos. Jamás tendrán la humildad de reconocer que hay muchas cosas que ignoran.

Y la primera y fundamental es que lo malo no es no saber. No saber es lo normal. Lo malo es no querer saber y pretender sin embargo que se sabe lo que en verdad se ignora. La pretensa sabiduría gallística de los hablistanes que la ostentan en los coliseos es anecdótica y folclórica, pero tales sabidillos desconocen completamente los libros consagrados a la gallística, y los tratados, ensayos, monografías y artículos gallísticos. Por cierto que les abriríamos los ojos si les dijésemos que un criador notable, el mexicano Edsel Bixler, confiesa en la página 8 de su libro Los Gallos Orientales de Combate, lo mucho que le han servido los escritos gallísticos, particularmente en idioma inglés.

Debo poner ahora sobre el tapete otro hecho incontrastable, y es la absoluta competitividad reinante en el mundo gallístico. En efecto, de lo que se trata es de ganar como sea, aunque los gallos ganadores disten muchísimo de la excelencia, o hayan ganado por un golpe de suerte, o le hayan ganado a un gallo malo.

Nada de eso importa. Lo importante es ganar “a como dé lugar”, y lo digo con una expresión que suelen repetir mis connacionales y que equivale aparentemente a la locución adverbial coloquial a lo que salga. Siempre he sostenido, como sostenía el gran criador norteamericano Frank Shy, alias Narragansett, que al reñidero hay que llevar solamente gallos excelentes, porque si no las riñas devienen en exhibiciones lamentables de lo que denomino “basura emplumada”. Se me dirá que si sólo vamos a llevar excelencia al reñidero, entonces habrá menos jugadas de gallos, habrá menos juego. Ah, por supuesto; ergo, elijamos: o cada vez más juego y cada vez menos calidad, o cada vez más calidad y cada vez menos juego. Pero es muy dificil, si no imposible, que coexistan la excelencia gallística y el juego extendido y considerable. No; o lo uno o lo otro.

Autor: admin

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